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Por: Vania Escarlett Zuñiga Ramos |
Caminaba con el paso firme y la mirada fija, mientras se frotaba las manos y el frío le calaba hasta los huesos, podía ver su aliento.
Conocía de manera exacta el paisaje, había hecho la ruta a diario por más de tres años. Cada mañana salía de su cabaña ubicada a un kilometro del pueblo, si es que se le pudiese llamar así. Luego, atravesaba por el puente que unía el camino pasando por un pequeño estero, cuyas aguas bajaban desde lo alto de la cordillera y se podía percibir en ellas el frío que las llenaba de pureza. Continuaba su ruta por un camino angosto, que no era más que la huella dejada por los bueyes con sus carretas. A un lado las montañas vestidas de arboles gigantes llenos de años, decorados en sus pies con flores silvestres que surtían el aire con fragancias, las que el viento se encargaba de esparcir sacudiendo los follajes frondosos, colmados de hojas que revoloteaban junto al canto de las aves componiendo una melodía. Que al otro lado del camino, el inmenso mar azul bailaba sobre la arena marcando el compas sobre las rocas. El camino pedregoso no le quitaba armonía a tal concierto de sensaciones, más bien completaba el cuadro entregando un toque de serenidad con el aroma de la tierra humedecida por las caricias del rocío.
Se detuvo. Miro a su alrededor. La tristeza invadió su rostro cuando se percato que la belleza de aquel paisaje ya no surtía efecto en el, recordó con dolor el momento en el que su alma dejo de ser, cuando esa pequeña manito, tibia aún, le soltó. Trago saliva, acomodo su gorro, y siguió su camino.
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